Peyote: el canto del Chamán

Desde hace más de tres mil años, el híkuri se ha consumido por las tribus nativas de México, aunque con más énfasis entre los huicholes y los tarahumaras o rarámuris. El hikuri es una especie de cactus mejor conocido por su nombre náhuatl peyotl o peyote. Su nombre científico es Lophophora williamsii, y el uso de la planta es un pilar en la tradición Tarahumara y Huichola.

En el desierto de Chihuahua a lo largo de la cordillera de la Sierra Madre, en la tierra sagrada de la Barranca del Cobre, el peyote crece entre los matorrales, especialmente donde hay piedra caliza. Produce flores rosadas de marzo a mayo, y algunas veces hasta septiembre. Su crecimento es lento y se tarda hasta cuatro años en brotar un pequeño "botón" que apenas se ve en la superficie de la tierra.

La mayoría de las sociedades de hoy en día prohíben el uso de este cactus que al ser ingerido, produce un efecto alucinógeno debido a que la planta contiene alcaloides psicoactivas, en especial la mescalina. Aun así, el potente y delicado vino derivado de la planta se ha consumido por las tribus mexicanas por cientos de años. Según su creencia, es la manera de entrar en el mundo de los espíritus y convocar a los dioses.

Los tarahumaras creen en la vida eterna después de la muerte y en la existencia de seres benévolos y malévolos. Entre los benévolos se incluyen el sol, la luna, el chamán, las serpientes y las rocas que provocan la lluvia y los animales que cazan.

En lo malévolo incluyen a los seres que consideran del inframundo que provocan la muerte y todos los desastres naturales. Sus rituales comunales son una parte esencial de su cultura. Festejan sus victorias, la caza de animales y sus cosechas, y además veneran al sol y la luna.

En la tradición huichola, el peyote es identificado como el espíritu del venado azul y cada año, se emprende una peregrinación larga y ardua en búsqueda de la planta venerada. Regresar a Wirikuta es volver al paraíso. Obtener el peyote es obtener Hikuri, que al traducirse al castellano sería algo como el "corazón del Dios venado" que a su vez se le conoce como Tatewari y representa al Dios del fuego, el Dios abuelo.

La ingestión del peyote: un ritual muy importante

Para el tarahumara el peyote es el ser espiritual sentado a la derecha del Dios Padre. La planta se reconocía por ser tan potente portando cuatro caras, y percibe la vida en siete dimensiones, y no se le puede permitir a la planta descansar dentro de las casas de los vivos.

Según la leyenda, cuentan los ancianos, que hace mucho tiempo se reunieron en la sierra huichola para discutir la situación en que se encontraban: Su gente estaba enferma, no había alimentos, ni agua, las lluvias no llegaban y la tierra estaba seca. Así que decidieron enviar a cuatro de sus hombres más fuertes de la comunidad de cacería al desierto, con la misión de encontrar comida. Cada una representaba un elemento de la vida, es decir tierra, viento, fuego y agua.

A la mañana siguiente emprendieron su viaje al desierto, cada uno preparado con arco, flecha y tortillas en su morral para comer. Caminaron durante varios días hasta que una tarde un venado azul grande y gordo saltó del matorral. Los jóvenes estaban cansados y hambrientos, pero cuando vieron el venado, empezaron a correr detrás de él sin perderlo de vista. El venado, al ver que los jóvenes estaban agotados y hambrientos, se compadeció de ellos. Los dejó reposar durante la noche y a la mañana siguiente los levantó para seguir con la persecución.

Así transcurrieron varias semanas y los jóvenes seguían persiguiendo al venado, hasta que llegaron a Wirikuta (desierto de San Luis Potosí y el camino sagrado de los huicholes). Llegaron al pie del cerro de las Narices, donde el espíritu de la tierra mora, y vieron que el venado corrió hacia esa dirección pero se les perdió de vista.

De repente, uno disparó una flecha que fue a caer en una gran figura de venado formada en la tierra donde crecía el peyote. Las plantas brillaban como esmeraldas a la luz del sol y todas lucían con la mirada hacia la misma dirección. Los jóvenes, confundidos con lo sucedido, decidieron cortar las plantas que formaban la figura del venado (marratutuyari), y las cargaron en su morral para llevarlas a su pueblo.

Después de varios días de caminata, llegaron a la sierra huichola donde la gente estaba esperando. Inmediatamente, presentaron las plantas de peyote a los ancianos y pasaron la noche contando su experiencia. Compartieron el peyote (hikuri) entre la gente, especialmente entre los enfermos, después llegaron las lluvias y se les calmó la sed, su hambre estaba satisfecha y se les curaron sus enfermedades.

Desde entonces, los pueblos huicholes y tarahumaras veneran el peyote, que a su vez es considerado venado y maíz, su espíritu guía. Cada año la gente de estas montañas desérticas hace su peregrinación siguiendo la misma ruta en busca del peyote, desde la Sierra huichola hasta el camino de Wirikuta. Su misión es espiritual en comunión con los dioses.

Carl Lumholtz, un etnólogo noruego estudió las tribus indígenas de Chihuahua y descubrió un símbolo empleado en la ceremonia del peyote en las antiguas esculturas rituales de lava que data desde hace más de tres mil años.

En sus apuntes México Desconocido: Exploraciones en la Sierra Madre y Otras Regiones, 1890-1898 anotó Lumholtz narra esta historia:
"Según la leyenda, los huicholes podían encontrar la planta al oír su canto a través del desierto. El híkuri nunca deja de cantar, incluso después de ser recogido. Un oriundo de la región contó la historia de como sucedió un día. Al regresar al desierto trató de utilizar el saco del híkuri que había recogido, como una almohada para descansar durante la noche, pero el canto de los híkuri era tan fuerte que no podía dormir.

"Una vez que el híkuri se cosechaba, lo secaban en el sol tendido sobre mantas, y luego lo molían en un metate hasta convertirlo en un líquido espeso de color ocre. Encendían una gran fogata con la leña apuntada del oeste al este. Sentado en el oeste de la fogata, un chamán trazaba un círculo en la tierra y en el interior de la circunferencia dibujaba el símbolo del mundo en forma de una cruz. Encima de la cruz colocaba un botón de peyote y lo cubría con una calabaza invertida que amplificaba la canción del peyote, y de ese modo complacía el espíritu de la planta. El chamán usaba un adorno en la cabeza hecho de plumas, que le revelaban la sabiduría de las aves y asi lograba evitar que los vientos malignos entraran en el círculo de fuego.

"Después, compartían el peyote de mano en mano entre hombres y mujeres que estaban vestidos con ropa blanca y descalzos. Después de ingerir el peyote, comenzaban una danza ritual, que duraba hasta el amanecer. A la primera señal de la luz del sol, el chamán y su gente se ponían de pie mirando hacia el este y se despedían del espíritu del híkuri, que había descendido sobre las alas de una paloma verde".

Escríbele un correo electrónico a Leticia Alaniz: This email address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it.

En el desierto de Chihuahua a lo largo de la cordillera de la Sierra Madre, en la tierra sagrada de la Barranca del Cobre, el peyote crece entre los matorrales, especialmente donde hay piedra caliza. Produce flores rosadas de marzo a mayo, y algunas veces hasta septiembre. Su crecimento es lento y se tarda hasta cuatro años en brotar un pequeño "botón" que apenas se ve en la superficie de la tierra.

La mayoría de las sociedades de hoy en día prohíben el uso de este cactus que al ser ingerido, produce un efecto alucinógeno debido a que la planta contiene alcaloides psicoactivas, en especial la mescalina. Aun así, el potente y delicado vino derivado de la planta se ha consumido por las tribus mexicanas por cientos de años. Según su creencia, es la manera de entrar en el mundo de los espíritus y convocar a los dioses.

Los tarahumaras creen en la vida eterna después de la muerte y en la existencia de seres benévolos y malévolos. Entre los benévolos se incluyen el sol, la luna, el chamán, las serpientes y las rocas que provocan la lluvia y los animales que cazan.

En lo malévolo incluyen a los seres que consideran del inframundo que provocan la muerte y todos los desastres naturales. Sus rituales comunales son una parte esencial de su cultura. Festejan sus victorias, la caza de animales y sus cosechas, y además veneran al sol y la luna.

En la tradición huichola, el peyote es identificado como el espíritu del venado azul y cada año, se emprende una peregrinación larga y ardua en búsqueda de la planta venerada. Regresar a Wirikuta es volver al paraíso. Obtener el peyote es obtener Hikuri, que al traducirse al castellano sería algo como el "corazón del Dios venado" que a su vez se le conoce como Tatewari y representa al Dios del fuego, el Dios abuelo.

La ingestión del peyote: un ritual muy importante

Para el tarahumara el peyote es el ser espiritual sentado a la derecha del Dios Padre. La planta se reconocía por ser tan potente portando cuatro caras, y percibe la vida en siete dimensiones, y no se le puede permitir a la planta descansar dentro de las casas de los vivos.

Según la leyenda, cuentan los ancianos, que hace mucho tiempo se reunieron en la sierra huichola para discutir la situación en que se encontraban: Su gente estaba enferma, no había alimentos, ni agua, las lluvias no llegaban y la tierra estaba seca. Así que decidieron enviar a cuatro de sus hombres más fuertes de la comunidad de cacería al desierto, con la misión de encontrar comida. Cada una representaba un elemento de la vida, es decir tierra, viento, fuego y agua.

A la mañana siguiente emprendieron su viaje al desierto, cada uno preparado con arco, flecha y tortillas en su morral para comer. Caminaron durante varios días hasta que una tarde un venado azul grande y gordo saltó del matorral. Los jóvenes estaban cansados y hambrientos, pero cuando vieron el venado, empezaron a correr detrás de él sin perderlo de vista. El venado, al ver que los jóvenes estaban agotados y hambrientos, se compadeció de ellos. Los dejó reposar durante la noche y a la mañana siguiente los levantó para seguir con la persecución.

Así transcurrieron varias semanas y los jóvenes seguían persiguiendo al venado, hasta que llegaron a Wirikuta (desierto de San Luis Potosí y el camino sagrado de los huicholes). Llegaron al pie del cerro de las Narices, donde el espíritu de la tierra mora, y vieron que el venado corrió hacia esa dirección pero se les perdió de vista.

De repente, uno disparó una flecha que fue a caer en una gran figura de venado formada en la tierra donde crecía el peyote. Las plantas brillaban como esmeraldas a la luz del sol y todas lucían con la mirada hacia la misma dirección. Los jóvenes, confundidos con lo sucedido, decidieron cortar las plantas que formaban la figura del venado (marratutuyari), y las cargaron en su morral para llevarlas a su pueblo.

Después de varios días de caminata, llegaron a la sierra huichola donde la gente estaba esperando. Inmediatamente, presentaron las plantas de peyote a los ancianos y pasaron la noche contando su experiencia. Compartieron el peyote (hikuri) entre la gente, especialmente entre los enfermos, después llegaron las lluvias y se les calmó la sed, su hambre estaba satisfecha y se les curaron sus enfermedades.

Desde entonces, los pueblos huicholes y tarahumaras veneran el peyote, que a su vez es considerado venado y maíz, su espíritu guía. Cada año la gente de estas montañas desérticas hace su peregrinación siguiendo la misma ruta en busca del peyote, desde la Sierra huichola hasta el camino de Wirikuta. Su misión es espiritual en comunión con los dioses.

Carl Lumholtz, un etnólogo noruego estudió las tribus indígenas de Chihuahua y descubrió un símbolo empleado en la ceremonia del peyote en las antiguas esculturas rituales de lava que data desde hace más de tres mil años.

En sus apuntes México Desconocido: Exploraciones en la Sierra Madre y Otras Regiones, 1890-1898 anotó Lumholtz narra esta historia:
"Según la leyenda, los huicholes podían encontrar la planta al oír su canto a través del desierto. El híkuri nunca deja de cantar, incluso después de ser recogido. Un oriundo de la región contó la historia de como sucedió un día. Al regresar al desierto trató de utilizar el saco del híkuri que había recogido, como una almohada para descansar durante la noche, pero el canto de los híkuri era tan fuerte que no podía dormir.

"Una vez que el híkuri se cosechaba, lo secaban en el sol tendido sobre mantas, y luego lo molían en un metate hasta convertirlo en un líquido espeso de color ocre. Encendían una gran fogata con la leña apuntada del oeste al este. Sentado en el oeste de la fogata, un chamán trazaba un círculo en la tierra y en el interior de la circunferencia dibujaba el símbolo del mundo en forma de una cruz. Encima de la cruz colocaba un botón de peyote y lo cubría con una calabaza invertida que amplificaba la canción del peyote, y de ese modo complacía el espíritu de la planta. El chamán usaba un adorno en la cabeza hecho de plumas, que le revelaban la sabiduría de las aves y asi lograba evitar que los vientos malignos entraran en el círculo de fuego.

"Después, compartían el peyote de mano en mano entre hombres y mujeres que estaban vestidos con ropa blanca y descalzos. Después de ingerir el peyote, comenzaban una danza ritual, que duraba hasta el amanecer. A la primera señal de la luz del sol, el chamán y su gente se ponían de pie mirando hacia el este y se despedían del espíritu del híkuri, que había descendido sobre las alas de una paloma verde".

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