Dominio Público - NBC/Wikimedia

Catherine O’Hara, la querida actriz y comediante que murió a los 71 años, tuvo un raro lugar en la cultura cinematográfica contemporánea: fue actriz cómica, figura de culto y una estrella.

Su carrera abarcó más de 50 años, desde la comedia de improvisación hasta películas de Hollywood y series de televisión de culto.

Fue aclamada por su inigualable sentido del humor y camaleónicas interpretaciones. Sus personajes solían ser absurdos y excéntricos detrás de un humor perspicaz.

Nacida y criada en Toronto en el seno de una familia católica irlandesa muy unida, O’Hara era una de siete hermanos. En una ocasión comentó que el humor formaba parte de su vida cotidiana; contar historias, imitar a personas y las conversaciones animadas contribuyeron a perfeccionar su instinto cómico.

Después de la secundaria, trabajó en el Second City Theatre de Toronto, un famoso semillero de talentos de la comedia, donde perfeccionó sus habilidades de improvisación.

Su gran oportunidad

La gran oportunidad de O’Hara llegó con Second City Television (SCTV), una serie de comedia que rivalizaba con Saturday Night Live en creatividad e influencia. Junto a sus contemporáneos Eugene Levy, John Candy, Rick Moranis y Martin Short, definió su estilo cómico distintivo: inteligente y absurdo.

O’Hara no solo actuaba en SCTV; también era guionista, y ganó un premio Emmy por su trabajo. Este doble papel marcó su sensibilidad, presente a lo largo de toda su carrera, hacia el ritmo, el lenguaje y la construcción de personajes.

A diferencia de los comediantes de esquetches que se basan en la repetición o las frases pegadizas, el humor de O’Hara surgía de una lógica cómica diferente. El público reía no porque el personaje fuera intrínsecamente gracioso, sino porque se tomaba a sí mismo demasiado en serio.

Aunque participó brevemente en Saturday Night Live a principios de la década de 1980, O’Hara decidió quedarse en SCTV cuando el programa fue renovado, una decisión que más tarde describió como clave para que su carrera creativa floreciera en el lugar adecuado.

La transición al cine

A mediados de los ochenta, O’Hara ya se estaba consolidando como actriz de cine. Apareció en la peculiar de humor negro After Hours (1985), de Martin Scorsese, y demostró que daba el ancho en Heartburn (1986).

En 1988, consiguió el que se convertiría en uno de sus papeles cinematográficos más queridos: Delia Deetz en la original película de Tim Burton, Beetlejuice (1988).

Delia, una mujer pretenciosa y arribista del ambiente artístico neoyorquino, permitió a O'Hara combinar la comedia física con diálogos absurdos ("Un poco de gasolina... un soplete... no hay problema").

Burton comentó en una ocasión: "Catherine es tan buena, quizás demasiado buena. Trabaja a niveles que la gente ni siquiera comprende. Creo que asusta a la gente porque se desenvuelve a un nivel muy alto".

Más tarde interpretó a Kate McCallister, la madre agobiada en las exitosas películas navideñas Home Alone (1990) y Home Alone 2 (1992). Al público le encantó que este personaje, con un guion bastante superficial, se convirtiera en el alma de las películas.

Éxito tardío

Regresó a la televisión en Six Feet Under (2001-2005) y con apariciones especiales en The Larry Sanders Show (1992-1998) y Curb Your Enthusiasm (1999-2024). Más recientemente, apareció en series aclamadas como The Last of Us (2023-) y The Studio (2025-).

Pero fue el papel de Moira Rose, la excéntrica exestrella de telenovelas en la comedia canadiense Schitt’s Creek (2015-2020), creada por Eugene Levy y su hijo Dan, el que se convertiría en el logro más importante de la última etapa de su carrera.

Muchos comediantes y actores han citado a O'Hara como una influencia por su valentía, su habilidad para combinar el absurdo con la verdad emocional y su firme compromiso con la integridad de sus personajes. Influyó en artistas como Tina Fey, Maya Rudolph, Kate McKinnon y Phoebe Waller-Bridge.

O'Hara también se negó a perseguir el estrellato convencional. En lugar de elegir proyectos diseñados para diluir sus excentricidades, O'Hara prefirió entornos colaborativos que valoraban la creatividad por encima del control.

Para ella, la comedia siempre fue un arte de inteligencia, empatía y generosidad.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en The Conversation. Léalo completo aquí.

Su carrera abarcó más de 50 años, desde la comedia de improvisación hasta películas de Hollywood y series de televisión de culto.

Fue aclamada por su inigualable sentido del humor y camaleónicas interpretaciones. Sus personajes solían ser absurdos y excéntricos detrás de un humor perspicaz.

Nacida y criada en Toronto en el seno de una familia católica irlandesa muy unida, O’Hara era una de siete hermanos. En una ocasión comentó que el humor formaba parte de su vida cotidiana; contar historias, imitar a personas y las conversaciones animadas contribuyeron a perfeccionar su instinto cómico.

Después de la secundaria, trabajó en el Second City Theatre de Toronto, un famoso semillero de talentos de la comedia, donde perfeccionó sus habilidades de improvisación.

Su gran oportunidad

La gran oportunidad de O’Hara llegó con Second City Television (SCTV), una serie de comedia que rivalizaba con Saturday Night Live en creatividad e influencia. Junto a sus contemporáneos Eugene Levy, John Candy, Rick Moranis y Martin Short, definió su estilo cómico distintivo: inteligente y absurdo.

O’Hara no solo actuaba en SCTV; también era guionista, y ganó un premio Emmy por su trabajo. Este doble papel marcó su sensibilidad, presente a lo largo de toda su carrera, hacia el ritmo, el lenguaje y la construcción de personajes.

A diferencia de los comediantes de esquetches que se basan en la repetición o las frases pegadizas, el humor de O’Hara surgía de una lógica cómica diferente. El público reía no porque el personaje fuera intrínsecamente gracioso, sino porque se tomaba a sí mismo demasiado en serio.

Aunque participó brevemente en Saturday Night Live a principios de la década de 1980, O’Hara decidió quedarse en SCTV cuando el programa fue renovado, una decisión que más tarde describió como clave para que su carrera creativa floreciera en el lugar adecuado.

La transición al cine

A mediados de los ochenta, O’Hara ya se estaba consolidando como actriz de cine. Apareció en la peculiar de humor negro After Hours (1985), de Martin Scorsese, y demostró que daba el ancho en Heartburn (1986).

En 1988, consiguió el que se convertiría en uno de sus papeles cinematográficos más queridos: Delia Deetz en la original película de Tim Burton, Beetlejuice (1988).

Delia, una mujer pretenciosa y arribista del ambiente artístico neoyorquino, permitió a O'Hara combinar la comedia física con diálogos absurdos ("Un poco de gasolina... un soplete... no hay problema").

Burton comentó en una ocasión: "Catherine es tan buena, quizás demasiado buena. Trabaja a niveles que la gente ni siquiera comprende. Creo que asusta a la gente porque se desenvuelve a un nivel muy alto".

Más tarde interpretó a Kate McCallister, la madre agobiada en las exitosas películas navideñas Home Alone (1990) y Home Alone 2 (1992). Al público le encantó que este personaje, con un guion bastante superficial, se convirtiera en el alma de las películas.

Éxito tardío

Regresó a la televisión en Six Feet Under (2001-2005) y con apariciones especiales en The Larry Sanders Show (1992-1998) y Curb Your Enthusiasm (1999-2024). Más recientemente, apareció en series aclamadas como The Last of Us (2023-) y The Studio (2025-).

Pero fue el papel de Moira Rose, la excéntrica exestrella de telenovelas en la comedia canadiense Schitt’s Creek (2015-2020), creada por Eugene Levy y su hijo Dan, el que se convertiría en el logro más importante de la última etapa de su carrera.

Muchos comediantes y actores han citado a O'Hara como una influencia por su valentía, su habilidad para combinar el absurdo con la verdad emocional y su firme compromiso con la integridad de sus personajes. Influyó en artistas como Tina Fey, Maya Rudolph, Kate McKinnon y Phoebe Waller-Bridge.

O'Hara también se negó a perseguir el estrellato convencional. En lugar de elegir proyectos diseñados para diluir sus excentricidades, O'Hara prefirió entornos colaborativos que valoraban la creatividad por encima del control.

Para ella, la comedia siempre fue un arte de inteligencia, empatía y generosidad.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en The Conversation. Léalo completo aquí.