Joselo (Café Tacvba) y las segundas inspecciones

DALLAS -- Después de un inesperado cambio de lugar, este miércoles 11 Café Tacvba se presentará en vivo en la zona de Deep Ellum, en el TREES, como parte de su gira por EE.UU. que coincide con el lanzamiento de su disco más reciente, "El objeto antes llamado disco".

Y muy a propósito de su visita, les queremos compartir un escrito de Joselo, en el que habla sobre las revisiones de inmigración (nada para presumir) que pasa cada que ingresa a territorio estadounidense.

De nuevo, por enésima ocasión, me mandaron a segunda revisión migratoria al entrar en Estados Unidos. Ya me ha pasado tantas veces que mi hermano Quique, al aterrizar en San Francisco, me dijo en son de broma: “Entonces, ¿cuánto vas a tardar esta vez para que te dejen entrar?” Yo le contesté que nada. Según recuerdo, las dos últimas ocasiones que ingresé al vecino país del norte no me detuvieron: ni cuando viajé a Disneylandia con mi familia, ni para tocar en el Festival Coachella (las dos debidamente documentadas en esta columna semanal).

Pero el oficial, al ver mi historial en su computadora, se sonrió y me dijo: “Ya te conoces el camino, ¿verdad?” No sabía de lo que me hablaba. “Sí, ya sabes cómo llegar a la oficina de segunda inspección. Es por allá”, y me señaló una puerta diametralmente opuesta a la salida. Otra vez. Ni modo.

He estado tantas veces en la oficina de segunda inspección que ya me sé el procedimiento. Entras en una sala donde hay muchas sillas y detrás de un escritorio un oficial recibe tu pasaporte. Se lo entregas y te vas a esperar pacientemente a que te llamen y te hagan una serie de preguntas. Me ha tocado esperar, por lo menos, diez minutos. A lo más media hora. Pero esta vez la sala estaba atestada de hindúes y chinos que tendrían que pasar antes que yo, así que a ojo de buen cubero calculé que esperaría, si me iba bien, una hora y media.  Parece ser que la razón de que me detengan tan seguido para revisar mis documentos es que hay alguien que se llama igual que yo y que, esa persona, ha cometido delitos dentro del territorio gringo.

Digo que parece ser, porque la vez que más cerca estuve de saberlo (una ocasión que me enojé y le reclamé a un cónsul en la embajada) me dijeron que no tenía derecho a saber por qué me retenían. Así se las gastan. Sólo me informaron que hay alguien que tiene mi nombre y apellidos y deben corroborar que yo no soy ese otro José Alfredo Rangel indeseable en la tierra del dólar.

Y yo que tenía la soberbia de considerarme único en el mundo. Bueno, en muchos aspectos claro que lo soy (todos somos únicos), pero parece que mi nombre no lo es tanto.

La primera vez que tuve conciencia de esto fue hace muchos años en la gira ChevereCachaiMachoChidoChe, presentando el Avalancha de éxitos por toda Latinoamérica. Recuerdo que trataba de aprovechar todos los viajes en avión registrando cada milla en mi recién adquirida tarjeta de viajero frecuente. Pero un día la perdí sin haber anotado el número de ésta en mi agenda. No pensé que me causaría ningún problema, así que en Bogotá llegué con el encargado de la aerolínea y le pedí que ingresara mis viajes usando sólo mi nombre. “No lo puedo hacer”, me dijo, “necesito su número, pues hay muchos que se llaman igual que usted”.  No le creí. Ante mi incredulidad me hizo pasar detrás del mostrador (antes del 9/11 en los aeropuertos te trataban distinto) y vi en su computadora la inmensa cantidad de Josés Alfredos Rangeles que había por toda Sudamérica.

Después del nombre (“Mi” nombre) venían direcciones que yo no conocía: calles en Managua, barrios en Santiago de Chile, ciudades colombianas en donde se suponía que yo vivía. No encontré al Jose Alfredo con mi dirección, así que me salí del mostrador con la cola entre las patas. Este señor tenía razón, realmente necesitaba el número de mi tarjeta para diferenciarme de todos los demás Yos. Desde entonces acepto, aunque me cueste trabajo, que hay otros que se llaman igualito que yo.

A mi hija mayor le interesa mucho el significado de los nombres, así que un día nos metimos a internet para investigar el de cada miembro de la familia, el de sus amigas de la escuela y hasta el de sus mascotas.

Fue hasta ese momento que me enteré que José significa: Al que Dios engrandece, y Alfredo: Amigo de la paz. Tal vez sea esa la verdadera razón por la que no me dejan entrar tan fácil a Estados Unidos, por ese segundo nombre que tengo, Alfredo.

Los gringos hacen alarde de que los United States of America son el país de la libertad y la paz. Pero no ponen en práctica lo que predican. Un vistazo a las noticias nos lo corrobora.

Yo, Alfredo, un amigo de la paz, debo ser una amenaza contra sus ganas perennes de irse a la guerra.

 

Publicado originalmente en Excélsior: http://www.excelsior.com.mx/joselo/2013/09/06/917348

 

Y muy a propósito de su visita, les queremos compartir un escrito de Joselo, en el que habla sobre las revisiones de inmigración (nada para presumir) que pasa cada que ingresa a territorio estadounidense.

De nuevo, por enésima ocasión, me mandaron a segunda revisión migratoria al entrar en Estados Unidos. Ya me ha pasado tantas veces que mi hermano Quique, al aterrizar en San Francisco, me dijo en son de broma: “Entonces, ¿cuánto vas a tardar esta vez para que te dejen entrar?” Yo le contesté que nada. Según recuerdo, las dos últimas ocasiones que ingresé al vecino país del norte no me detuvieron: ni cuando viajé a Disneylandia con mi familia, ni para tocar en el Festival Coachella (las dos debidamente documentadas en esta columna semanal).

Pero el oficial, al ver mi historial en su computadora, se sonrió y me dijo: “Ya te conoces el camino, ¿verdad?” No sabía de lo que me hablaba. “Sí, ya sabes cómo llegar a la oficina de segunda inspección. Es por allá”, y me señaló una puerta diametralmente opuesta a la salida. Otra vez. Ni modo.

He estado tantas veces en la oficina de segunda inspección que ya me sé el procedimiento. Entras en una sala donde hay muchas sillas y detrás de un escritorio un oficial recibe tu pasaporte. Se lo entregas y te vas a esperar pacientemente a que te llamen y te hagan una serie de preguntas. Me ha tocado esperar, por lo menos, diez minutos. A lo más media hora. Pero esta vez la sala estaba atestada de hindúes y chinos que tendrían que pasar antes que yo, así que a ojo de buen cubero calculé que esperaría, si me iba bien, una hora y media.  Parece ser que la razón de que me detengan tan seguido para revisar mis documentos es que hay alguien que se llama igual que yo y que, esa persona, ha cometido delitos dentro del territorio gringo.

Digo que parece ser, porque la vez que más cerca estuve de saberlo (una ocasión que me enojé y le reclamé a un cónsul en la embajada) me dijeron que no tenía derecho a saber por qué me retenían. Así se las gastan. Sólo me informaron que hay alguien que tiene mi nombre y apellidos y deben corroborar que yo no soy ese otro José Alfredo Rangel indeseable en la tierra del dólar.

Y yo que tenía la soberbia de considerarme único en el mundo. Bueno, en muchos aspectos claro que lo soy (todos somos únicos), pero parece que mi nombre no lo es tanto.

La primera vez que tuve conciencia de esto fue hace muchos años en la gira ChevereCachaiMachoChidoChe, presentando el Avalancha de éxitos por toda Latinoamérica. Recuerdo que trataba de aprovechar todos los viajes en avión registrando cada milla en mi recién adquirida tarjeta de viajero frecuente. Pero un día la perdí sin haber anotado el número de ésta en mi agenda. No pensé que me causaría ningún problema, así que en Bogotá llegué con el encargado de la aerolínea y le pedí que ingresara mis viajes usando sólo mi nombre. “No lo puedo hacer”, me dijo, “necesito su número, pues hay muchos que se llaman igual que usted”.  No le creí. Ante mi incredulidad me hizo pasar detrás del mostrador (antes del 9/11 en los aeropuertos te trataban distinto) y vi en su computadora la inmensa cantidad de Josés Alfredos Rangeles que había por toda Sudamérica.

Después del nombre (“Mi” nombre) venían direcciones que yo no conocía: calles en Managua, barrios en Santiago de Chile, ciudades colombianas en donde se suponía que yo vivía. No encontré al Jose Alfredo con mi dirección, así que me salí del mostrador con la cola entre las patas. Este señor tenía razón, realmente necesitaba el número de mi tarjeta para diferenciarme de todos los demás Yos. Desde entonces acepto, aunque me cueste trabajo, que hay otros que se llaman igualito que yo.

A mi hija mayor le interesa mucho el significado de los nombres, así que un día nos metimos a internet para investigar el de cada miembro de la familia, el de sus amigas de la escuela y hasta el de sus mascotas.

Fue hasta ese momento que me enteré que José significa: Al que Dios engrandece, y Alfredo: Amigo de la paz. Tal vez sea esa la verdadera razón por la que no me dejan entrar tan fácil a Estados Unidos, por ese segundo nombre que tengo, Alfredo.

Los gringos hacen alarde de que los United States of America son el país de la libertad y la paz. Pero no ponen en práctica lo que predican. Un vistazo a las noticias nos lo corrobora.

Yo, Alfredo, un amigo de la paz, debo ser una amenaza contra sus ganas perennes de irse a la guerra.

 

Publicado originalmente en Excélsior: http://www.excelsior.com.mx/joselo/2013/09/06/917348