Lo que aprendí de mi época como indigente: Alicia Alarcón

La casa se veía mucho más grande por fuera, pero ya adentro sentí que esa es la que yo quería. Una casa construida en la década de los 50 con un desayunador en la cocina. El precio mucho más alto de lo que mi esposo y yo teníamos pensado...

Aun así hicimos una oferta que sorprendió a la vendedora. No nos dio esperanzas. Transcurrieron tres meses y ella nos informó, que si aumentábamos un poco la oferta nos la podían aceptar. Así fue y de vivir en un departamento de una recámara, nos mudamos a una casa grande con un jardín japonés, una alberca que necesitaba serias reparaciones y una chimenea que en alguna época debió de haber funcionado bien.

Los primeros meses fueron de frenéticas compras. Había muchos espacios vacíos. Había que llenarlos con muebles y otras cosas. Para eso son las tarjetas de crédito. Ya las pagaríamos después, el trabajo es seguro, el tiempo abundante. Nada podía salir mal. El primer invierno en nuestra casa. Imposible no prender la chimenea. Mi esposo insistió en que debía funcionar. Si funcionó, y demasiado. Las llamas surgieron con tal fuerza que en menos de un minuto alcanzaron las cortinas y en menos de tres minutos, una capa de humo negro amenazaba con envolver todos los cuartos. Yo salí corriendo, mi esposo intentó sofocar el fuego y de paso salvar nuestra foto de bodas. Ese acto ¨heroico¨ le costó un mes en el hospital.

Fue así como de la noche a la mañana me vi sin casa, sin ropa, sin dinero, sin tarjetas de crédito y durante cuatro semanas, viví como una indigente. Me aseguré de que nadie de mi familia se enterara de mi nueva situación y rechacé las generosas ofertas de amigos de mudarme a su casa.

Mi nuevo vestuario fue un abrigo, una talla más grande y ropa que una buena vecina tuvo a bien a gendarme. Incluido un vale para un cambio de ropa nueva de la Cruz Roja. Todas mis pertenencias cupieron en una bolsa de plástico transparente. Y mi nueva casa, fue mi carro donde fui acumulando mis nuevas pertenencias: zapatos dos medidas más grandes, que me regalaron, dos cobijas, platos, vasos y cubiertos de plástico. De dormir en una master bedroom me acomodé en un espacio en el cuarto de hospital de mi esposo y el baño tenía que ser muy temprano antes de que llegara la enfermera de turno. Los baños con regadera dentro del cuarto eran para el enfermo, no para las visitas.

En mi nueva situación de indigencia, aprendí a que yo no era más, ni menos que nadie. Me encontré a personas que me vieron con desdén, como se ven a las personas que han fracasado en su paso por la vida. Las que juzgamos por sus posesiones materiales, no por sus cualidades de seres humanos. Las mujeres elegantes y perfumadas tomaban su distancia, cuando me tocaba ir a una oficina para hacer trámites y los hombres volteaban hacia otro lado. Yo pude haber tenido esa misma actitud, antes, sin darme cuenta. Aprendí a disfrutar las cosas más pequeñas: El tomar sin prisas un té de jazmín a media mañana con un croissant relleno de frambuesa. No tener más ocupación que la de ver la gente pasar y saber que nadie me espera para juntas de trabajo, o proyectos pendientes. Me provocaba una felicidad inesperada. En esa desocupación encontré una gran paz y descubrí que la tranquilidad no la da el querer más, sino el querer menos.

Cuatro semanas duró en llegar el primer cheque del seguro y un año en regresar a una casa que ahora era nueva. La chimenea reforzada, la alberca revestida con azulejos azules. Una casa diez veces mejor que la que teníamos.

A partir de esa experiencia cambié los malls por los parques y por las playas. Aprendí que a la hora de ir al mercado se debe poner en la canastilla lo que se necesita, no lo que se quiere. Es decir a la hora de comprar algo, siempre me pregunto ¨lo quiero¨ o ¨lo necesito¨ si la respuesta es la segunda lo dejo donde estaba.

Aprendí que a la hora de que una tragedia se asoma: incendio, inundación, temblor nada de lo que se tiene en casa es importante: Muebles, fotos, documentos, libros, joyas; todo se puede reemplazar, menos la vida. Y el solo hecho de que hoy amanezcamos, debe ser suficiente para hacer de nosotros personas más humildes y agradecidas. Estoy segura que dentro de la magnitud de los destrozos causados por los huracanes Harvey, Irma, José y Katia; el terremoto en México y otros desastres naturales. Cientos de miles de personas aprendieron, de esta experiencia, a ser mejores personas: Yo lo aprendí. Lo que nos queda a nosotros ahora, es ayudarlos a recuperar lo perdido.

Alicia Alarcón, periodista radial,  conduce un programa de opinión en KBLA-1580 AM en Los Angeles, CA.  Es autora de La Migra Me Hizo los Mandados  y Revancha en Los Angeles (Arte Público Press). 

Aun así hicimos una oferta que sorprendió a la vendedora. No nos dio esperanzas. Transcurrieron tres meses y ella nos informó, que si aumentábamos un poco la oferta nos la podían aceptar. Así fue y de vivir en un departamento de una recámara, nos mudamos a una casa grande con un jardín japonés, una alberca que necesitaba serias reparaciones y una chimenea que en alguna época debió de haber funcionado bien.

Los primeros meses fueron de frenéticas compras. Había muchos espacios vacíos. Había que llenarlos con muebles y otras cosas. Para eso son las tarjetas de crédito. Ya las pagaríamos después, el trabajo es seguro, el tiempo abundante. Nada podía salir mal. El primer invierno en nuestra casa. Imposible no prender la chimenea. Mi esposo insistió en que debía funcionar. Si funcionó, y demasiado. Las llamas surgieron con tal fuerza que en menos de un minuto alcanzaron las cortinas y en menos de tres minutos, una capa de humo negro amenazaba con envolver todos los cuartos. Yo salí corriendo, mi esposo intentó sofocar el fuego y de paso salvar nuestra foto de bodas. Ese acto ¨heroico¨ le costó un mes en el hospital.

Fue así como de la noche a la mañana me vi sin casa, sin ropa, sin dinero, sin tarjetas de crédito y durante cuatro semanas, viví como una indigente. Me aseguré de que nadie de mi familia se enterara de mi nueva situación y rechacé las generosas ofertas de amigos de mudarme a su casa.

Mi nuevo vestuario fue un abrigo, una talla más grande y ropa que una buena vecina tuvo a bien a gendarme. Incluido un vale para un cambio de ropa nueva de la Cruz Roja. Todas mis pertenencias cupieron en una bolsa de plástico transparente. Y mi nueva casa, fue mi carro donde fui acumulando mis nuevas pertenencias: zapatos dos medidas más grandes, que me regalaron, dos cobijas, platos, vasos y cubiertos de plástico. De dormir en una master bedroom me acomodé en un espacio en el cuarto de hospital de mi esposo y el baño tenía que ser muy temprano antes de que llegara la enfermera de turno. Los baños con regadera dentro del cuarto eran para el enfermo, no para las visitas.

En mi nueva situación de indigencia, aprendí a que yo no era más, ni menos que nadie. Me encontré a personas que me vieron con desdén, como se ven a las personas que han fracasado en su paso por la vida. Las que juzgamos por sus posesiones materiales, no por sus cualidades de seres humanos. Las mujeres elegantes y perfumadas tomaban su distancia, cuando me tocaba ir a una oficina para hacer trámites y los hombres volteaban hacia otro lado. Yo pude haber tenido esa misma actitud, antes, sin darme cuenta. Aprendí a disfrutar las cosas más pequeñas: El tomar sin prisas un té de jazmín a media mañana con un croissant relleno de frambuesa. No tener más ocupación que la de ver la gente pasar y saber que nadie me espera para juntas de trabajo, o proyectos pendientes. Me provocaba una felicidad inesperada. En esa desocupación encontré una gran paz y descubrí que la tranquilidad no la da el querer más, sino el querer menos.

Cuatro semanas duró en llegar el primer cheque del seguro y un año en regresar a una casa que ahora era nueva. La chimenea reforzada, la alberca revestida con azulejos azules. Una casa diez veces mejor que la que teníamos.

A partir de esa experiencia cambié los malls por los parques y por las playas. Aprendí que a la hora de ir al mercado se debe poner en la canastilla lo que se necesita, no lo que se quiere. Es decir a la hora de comprar algo, siempre me pregunto ¨lo quiero¨ o ¨lo necesito¨ si la respuesta es la segunda lo dejo donde estaba.

Aprendí que a la hora de que una tragedia se asoma: incendio, inundación, temblor nada de lo que se tiene en casa es importante: Muebles, fotos, documentos, libros, joyas; todo se puede reemplazar, menos la vida. Y el solo hecho de que hoy amanezcamos, debe ser suficiente para hacer de nosotros personas más humildes y agradecidas. Estoy segura que dentro de la magnitud de los destrozos causados por los huracanes Harvey, Irma, José y Katia; el terremoto en México y otros desastres naturales. Cientos de miles de personas aprendieron, de esta experiencia, a ser mejores personas: Yo lo aprendí. Lo que nos queda a nosotros ahora, es ayudarlos a recuperar lo perdido.

Alicia Alarcón, periodista radial,  conduce un programa de opinión en KBLA-1580 AM en Los Angeles, CA.  Es autora de La Migra Me Hizo los Mandados  y Revancha en Los Angeles (Arte Público Press).