Un moño negro

Era un moño de  tafeta, sostenido por un clavo a cada lado; colocado arriba en el marco de la puerta que daba a la calle.  Lo señalé al pasar, mi madre sin esperar la pregunta me dio la respuesta: "Se murió alguien y están de luto".  Fue la primera vez que relacioné el luto con la muerte. Un concepto vago y lejano a los siete años

Con el tiempo los moños negros empezaron a desaparecer, no así el negro cerrado que las mujeres vestían en los funerales.  El primer funeral al que asistí fue en la casa de mi tío Pedro. Ahí velaron a mi tía Pachita, que se ahogó cuando tenía 18 años. Mi madre lloró mucho. La primera vez que la vi llorar así fue cuando recibió un telegrama con la noticia de la muerte de mi abuela Luisa. Mi Amá se doblaba del dolor ante aquella noticia, mientras mi padre trataba de consolarla. Nadie sabe lo que duele perder una madre hasta que lo vive.  Decía ella y tenía mucha razón, porque ahora me tocó a mí. La perdí a ella, el pasado 1ro. de octubre.

Mi madre murió a los 98 años en su cama, en su casa -y con mucha vergüenza y  dolor  debo decir que llegué dos horas tarde. Lo único que puedo decir en mi defensa es que no sabía que se iba a morir ese día, ni ningún otro, al menos no pronto. Vivía con la certeza de que mi madre iba a romper todos los records de longevidad y esperaba, con entusiasmo, festejar junto con mis hermanos y hermanas sus 98 años el próximo 16 de noviembre. No fue así. Encontré a mi madre con los ojos bien apretados, inmóvil en su cama sin respirar. El doctor dijo que fue un paro respiratorio. Me  recosté a su lado y le pedí perdón por la tardanza, por haber dejado pasar cuatro semanas sin visitarla. Mis hermanas también la rodearon, mi hermana Rosa le insistía que abriera los ojos.  Era la primera vez que me tardaba cuatro semanas en ir a verla. Nada de lo que hice en ese tiempo fue tan importante como para haber dejado de ir a verla en todo un mes.  Son de esas cosas que uno se va a reprochar toda la vida. Esos sentimientos de culpa que le oprimen el pecho y le quitan la respiración por momentos.  Mis amigos Testigos de Jehová me aseguran que está dormida, que no siente nada. Una amiga budista me ha recomendado dejar una vela prendida frente a su foto para que su alma esté siempre llena de luz.  Mis hermanas en Mexicali, ya terminaron el Novenario y en su pueblo natal Jocotepec, Jalisco ofrecieron varias misas por su eterno descanso.  Lo cierto es que mi Amá ya no está y me siento  varada en medio del camino.  Ella era mi brújula, mi guía, mi luz.

Muchos dicen que una persona sospecha cuando se va a morir. Yo siempre lo dudé, pero debo decir que ella insistió desde principios de semana, que se la  llevaran a su casa en Mexicali. Ella vivió en el Centro durante los últimos 3 años bajo el cuidado de mi hermana Rosa. Insistió de tal manera que ya para el  viernes estaba instalada en su casa donde todos crecimos. Mis planes eran pasar una semana completa con ella a mi regreso de un viaje programado a Alemania. Pero su tiempo, no es nuestro tiempo y el domingo decidí ir a verla, antes del viaje. En medio del desierto y las montañas de Indio, California recibí la noticia. Mi madre acababa de fallecer. Me faltaban dos horas para llegar.  Mi madre nos dejó huérfanos a  9 hijos, 5 mujeres y cuatro hombres.  A esa descendencia se suman  23 nietos,  26  bisnietos y 6 tataranietos.

Alguien me dijo, que el luto se lleva en el corazón. No estoy de acuerdo, hay que llorar hasta que se hinchen los párpados, es la única forma de sacar el dolor y sanar poco a poco la herida.  Yo quiero poner también un moño negro de tafeta en el marco de la puerta de mi casa. Pero no lo puedo hacer,  porque para otras culturas un moño negro en la puerta, es un presagio de tragedia. El cartero oriental que tenemos se asustaría y mi vecina italiana no caminaría más sobre la banqueta. Lo que sí puedo hacer es recordarles a todos ustedes, que me dan el regalo de leer esta columna, que si tienen a su mamá con vida, hoy es buen día para llamarla y si no la han visitado, y está en la ciudad, búsquenla, vuelvan a ser niños y refúgiense en sus brazos. Cubran sus mejillas de besos. Lo que yo daría por volver a sentir un abrazo y un beso de mi madre.

Alicia Alarcón, periodista radial,  conduce un programa de opinión en KBLA-1580 AM en Los Angeles, CA.  Es autora de La Migra Me Hizo los Mandados  y Revancha en Los Angeles (Arte Público Press). 

Con el tiempo los moños negros empezaron a desaparecer, no así el negro cerrado que las mujeres vestían en los funerales.  El primer funeral al que asistí fue en la casa de mi tío Pedro. Ahí velaron a mi tía Pachita, que se ahogó cuando tenía 18 años. Mi madre lloró mucho. La primera vez que la vi llorar así fue cuando recibió un telegrama con la noticia de la muerte de mi abuela Luisa. Mi Amá se doblaba del dolor ante aquella noticia, mientras mi padre trataba de consolarla. Nadie sabe lo que duele perder una madre hasta que lo vive.  Decía ella y tenía mucha razón, porque ahora me tocó a mí. La perdí a ella, el pasado 1ro. de octubre.

Mi madre murió a los 98 años en su cama, en su casa -y con mucha vergüenza y  dolor  debo decir que llegué dos horas tarde. Lo único que puedo decir en mi defensa es que no sabía que se iba a morir ese día, ni ningún otro, al menos no pronto. Vivía con la certeza de que mi madre iba a romper todos los records de longevidad y esperaba, con entusiasmo, festejar junto con mis hermanos y hermanas sus 98 años el próximo 16 de noviembre. No fue así. Encontré a mi madre con los ojos bien apretados, inmóvil en su cama sin respirar. El doctor dijo que fue un paro respiratorio. Me  recosté a su lado y le pedí perdón por la tardanza, por haber dejado pasar cuatro semanas sin visitarla. Mis hermanas también la rodearon, mi hermana Rosa le insistía que abriera los ojos.  Era la primera vez que me tardaba cuatro semanas en ir a verla. Nada de lo que hice en ese tiempo fue tan importante como para haber dejado de ir a verla en todo un mes.  Son de esas cosas que uno se va a reprochar toda la vida. Esos sentimientos de culpa que le oprimen el pecho y le quitan la respiración por momentos.  Mis amigos Testigos de Jehová me aseguran que está dormida, que no siente nada. Una amiga budista me ha recomendado dejar una vela prendida frente a su foto para que su alma esté siempre llena de luz.  Mis hermanas en Mexicali, ya terminaron el Novenario y en su pueblo natal Jocotepec, Jalisco ofrecieron varias misas por su eterno descanso.  Lo cierto es que mi Amá ya no está y me siento  varada en medio del camino.  Ella era mi brújula, mi guía, mi luz.

Muchos dicen que una persona sospecha cuando se va a morir. Yo siempre lo dudé, pero debo decir que ella insistió desde principios de semana, que se la  llevaran a su casa en Mexicali. Ella vivió en el Centro durante los últimos 3 años bajo el cuidado de mi hermana Rosa. Insistió de tal manera que ya para el  viernes estaba instalada en su casa donde todos crecimos. Mis planes eran pasar una semana completa con ella a mi regreso de un viaje programado a Alemania. Pero su tiempo, no es nuestro tiempo y el domingo decidí ir a verla, antes del viaje. En medio del desierto y las montañas de Indio, California recibí la noticia. Mi madre acababa de fallecer. Me faltaban dos horas para llegar.  Mi madre nos dejó huérfanos a  9 hijos, 5 mujeres y cuatro hombres.  A esa descendencia se suman  23 nietos,  26  bisnietos y 6 tataranietos.

Alguien me dijo, que el luto se lleva en el corazón. No estoy de acuerdo, hay que llorar hasta que se hinchen los párpados, es la única forma de sacar el dolor y sanar poco a poco la herida.  Yo quiero poner también un moño negro de tafeta en el marco de la puerta de mi casa. Pero no lo puedo hacer,  porque para otras culturas un moño negro en la puerta, es un presagio de tragedia. El cartero oriental que tenemos se asustaría y mi vecina italiana no caminaría más sobre la banqueta. Lo que sí puedo hacer es recordarles a todos ustedes, que me dan el regalo de leer esta columna, que si tienen a su mamá con vida, hoy es buen día para llamarla y si no la han visitado, y está en la ciudad, búsquenla, vuelvan a ser niños y refúgiense en sus brazos. Cubran sus mejillas de besos. Lo que yo daría por volver a sentir un abrazo y un beso de mi madre.

Alicia Alarcón, periodista radial,  conduce un programa de opinión en KBLA-1580 AM en Los Angeles, CA.  Es autora de La Migra Me Hizo los Mandados  y Revancha en Los Angeles (Arte Público Press).