Cortesía Bandana Project

La Fundación César Chávez reconoce la prevalencia del abuso hacia mujeres y niños./TCCF acknowledges the prevalence of the abuse of women and children. -Marzo de 2026.

En 2007 descubrí, a retazos, el drama que pocas veces se cuenta en Hollywood o en las noticias nacionales sobre algunas comunidades trabajadoras en Estados Unidos: La vida de los campesinos y sus múltiples batallas. Era editora asociada del periódico bilingüe del Fresno Bee (Vida en el Valle), en California, con múltiples asignaciones afuera de mi escritorio.

"De colores, de colores se visten los campos en la primavera; de colores, de colores son los pajaritos que vienen de afuera. De colores, de colores es el arcoris que vemos lucir, y por eso los grandes amores de muchos colores me gustan a mí, y por eso los grandes amores de muchos colores me gustan a mí". Ese hermoso cántico, entonado sin pretensión alguna, era común en actos formales de las organizaciones cuando convocaban a los medios de comunicación.

Aunque fui a múltiples reuniones de trabajadoras agrícolas que siempre buscaban protección, y a competencias de carreras a campo traviesa en donde constaté la perseverancia de los jóvenes latinos -algunos trabajaban en los campos por las mañanas, luego iban a la escuela y después entrenaban, no me siento una autoridad para hablar del tema, pero mis memorias son imborrables.

Esas imágenes de rostros adultos que posiblemente habían dejado parte de su juventud en inimaginables jornadas agotadoras, la angustia de activistas frente a los efectos de los pesticidas y la sensación de que como trabajadores, los campesinos del Valle no eran completamente valorados por quienes los contrataban, se quedaron grabados en mi mente. En medio de toda esa adversidad, también me quedé con la impresión de que tenían una fuerza inherente que los impulsaba a seguir adelante, con todo y las historias de días impagos, acoso sexual y casos fatales de insolación.

Voluntad
Escuchar sus relatos y luego digerirlos antes de poder escribirlos era sobrecogedor en ocasiones, pero también era inspirador ver de cerca su inmensa voluntad, y una cierta delicadeza, parte de su vulnerabilidad, que al mismo tiempo las protegía de sentirse completamente derrotadas a las trabajadoras del campo, porque no lo estaban. Una señora de edad avanzada que libraba una batalla por los beneficios del seguro social para su hijo que vivía con disability permanente, en una entrevista me decía "n'ombre, ingrata", cariñosamente, mientras describía su lista de adversidades y veía en mi rostro incredulidad.

En una ocasión, una mujer de unos 40 años me explicó que prefería trabajar en el campo, al aire libre, en vez de estar encerrada en una fábrica frente a "una línea". Le daba gusto poder proteger a los cultivos de los roedores, dijo sonriendo.

Bandanas
Pintaban pañuelos con figuras de frutas que cosechaban, como la manzana o el pepino, porque no sabían escribir, me explicaron varias de ellas en la exposición inaugural del Bandana Project que hicieron en ese 2007. Me dijeron que solían cubrir sus rostros con bandanas como doble protección, contra los pesticidas, y para no llamar la atención de sus mayordomos, buscando prevenir cualquier tipo de acoso.

De acuerdo a estudios recientes, de Human Rights Watch, SPLC y Universidad de California-Santa Cruz alrededor del 80% de las trabajadoras agrícolas han denunciado algún tipo de acoso sexual.

Hace unos días, Telemundo le dio actualidad a mis memorias periodísticas sobre la tragedia de las mujeres en los campos: "La violencia sexual que padecen las trabajadoras del campo brota ahora al ojo público por las acusaciones a César Chávez", dice Lourdes Flores al principio de su reportaje.

Rocío Smith, quien trabajó en los campos de Florida desde los 7 años, le contó a Flores que de pequeña, le tocó ver cómo los niños, incluidas ella y su hermana menor, se quedaban en los autos de sus padres lejos de donde ellos comenzaban a trabajar, a merced de hombres que entraban a los vehículos con los menores en el interior, sin vigilancia alguna.

La denuncia de abuso sexual de Dolores Huerta y de las dos sobrevivientes (Ana Murguía y Debra Rojas) que hablaron con el New York Times, debe servir de condena moral contra Chávez, aunque se le añada el asterisco de "alegaciones", y ser el punto de partida de un honesto intento de reparación de daños a un segmento tan relegado como son los trabajadores campesinos.

 El retiro de monumentos y nombres de calles, es un acto simbólico y muy necesario, pero no es suficiente.

 Las campesinas, sobre todo, merecen leyes efectivas que protejan su integridad física y acceso a denuncias sin temor a represalias.

 Tienen derecho a existir de manera digna y segura mientras trabajan en los remotos campos del país en una labor tan esencial como cualquier otra de la economía nacional.

Sí se puede.

Sandra Velázquez es la editora y fundadora de Hoy Dallas. Escribe sobre temas de actualidad desde 2002. Antes de salir a reportear en California (siendo editora asociada de Vida en el Valle), fue editora y redactora en Diario La Estrella (Fort Worth Star-Telegram). Es comentarista deportiva y también fue editora del sitio de ESPN a mediados del 2000.

En 2007 descubrí, a retazos, el drama que pocas veces se cuenta en Hollywood o en las noticias nacionales sobre algunas comunidades trabajadoras en Estados Unidos: La vida de los campesinos y sus múltiples batallas. Era editora asociada del periódico bilingüe del Fresno Bee (Vida en el Valle), en California, con múltiples asignaciones afuera de mi escritorio.

"De colores, de colores se visten los campos en la primavera; de colores, de colores son los pajaritos que vienen de afuera. De colores, de colores es el arcoris que vemos lucir, y por eso los grandes amores de muchos colores me gustan a mí, y por eso los grandes amores de muchos colores me gustan a mí". Ese hermoso cántico, entonado sin pretensión alguna, era común en actos formales de las organizaciones cuando convocaban a los medios de comunicación.

Aunque fui a múltiples reuniones de trabajadoras agrícolas que siempre buscaban protección, y a competencias de carreras a campo traviesa en donde constaté la perseverancia de los jóvenes latinos -algunos trabajaban en los campos por las mañanas, luego iban a la escuela y después entrenaban, no me siento una autoridad para hablar del tema, pero mis memorias son imborrables.

Esas imágenes de rostros adultos que posiblemente habían dejado parte de su juventud en inimaginables jornadas agotadoras, la angustia de activistas frente a los efectos de los pesticidas y la sensación de que como trabajadores, los campesinos del Valle no eran completamente valorados por quienes los contrataban, se quedaron grabados en mi mente. En medio de toda esa adversidad, también me quedé con la impresión de que tenían una fuerza inherente que los impulsaba a seguir adelante, con todo y las historias de días impagos, acoso sexual y casos fatales de insolación.

Voluntad
Escuchar sus relatos y luego digerirlos antes de poder escribirlos era sobrecogedor en ocasiones, pero también era inspirador ver de cerca su inmensa voluntad, y una cierta delicadeza, parte de su vulnerabilidad, que al mismo tiempo las protegía de sentirse completamente derrotadas a las trabajadoras del campo, porque no lo estaban. Una señora de edad avanzada que libraba una batalla por los beneficios del seguro social para su hijo que vivía con disability permanente, en una entrevista me decía "n'ombre, ingrata", cariñosamente, mientras describía su lista de adversidades y veía en mi rostro incredulidad.

En una ocasión, una mujer de unos 40 años me explicó que prefería trabajar en el campo, al aire libre, en vez de estar encerrada en una fábrica frente a "una línea". Le daba gusto poder proteger a los cultivos de los roedores, dijo sonriendo.

Bandanas
Pintaban pañuelos con figuras de frutas que cosechaban, como la manzana o el pepino, porque no sabían escribir, me explicaron varias de ellas en la exposición inaugural del Bandana Project que hicieron en ese 2007. Me dijeron que solían cubrir sus rostros con bandanas como doble protección, contra los pesticidas, y para no llamar la atención de sus mayordomos, buscando prevenir cualquier tipo de acoso.

De acuerdo a estudios recientes, de Human Rights Watch, SPLC y Universidad de California-Santa Cruz alrededor del 80% de las trabajadoras agrícolas han denunciado algún tipo de acoso sexual.

Hace unos días, Telemundo le dio actualidad a mis memorias periodísticas sobre la tragedia de las mujeres en los campos: "La violencia sexual que padecen las trabajadoras del campo brota ahora al ojo público por las acusaciones a César Chávez", dice Lourdes Flores al principio de su reportaje.

Rocío Smith, quien trabajó en los campos de Florida desde los 7 años, le contó a Flores que de pequeña, le tocó ver cómo los niños, incluidas ella y su hermana menor, se quedaban en los autos de sus padres lejos de donde ellos comenzaban a trabajar, a merced de hombres que entraban a los vehículos con los menores en el interior, sin vigilancia alguna.

La denuncia de abuso sexual de Dolores Huerta y de las dos sobrevivientes (Ana Murguía y Debra Rojas) que hablaron con el New York Times, debe servir de condena moral contra Chávez, aunque se le añada el asterisco de "alegaciones", y ser el punto de partida de un honesto intento de reparación de daños a un segmento tan relegado como son los trabajadores campesinos.

 El retiro de monumentos y nombres de calles, es un acto simbólico y muy necesario, pero no es suficiente.

 Las campesinas, sobre todo, merecen leyes efectivas que protejan su integridad física y acceso a denuncias sin temor a represalias.

 Tienen derecho a existir de manera digna y segura mientras trabajan en los remotos campos del país en una labor tan esencial como cualquier otra de la economía nacional.

Sí se puede.

Sandra Velázquez es la editora y fundadora de Hoy Dallas. Escribe sobre temas de actualidad desde 2002. Antes de salir a reportear en California (siendo editora asociada de Vida en el Valle), fue editora y redactora en Diario La Estrella (Fort Worth Star-Telegram). Es comentarista deportiva y también fue editora del sitio de ESPN a mediados del 2000.