La pasión del futbol en la Copa Dallas: El Salvador y Panamá dejaron todo en la final

El torrente de pasiones que desata el futbol volvió a poner a prueba a aficionados y a jugadores el domingo por la tarde en Frisco, durante la final de la Copa Dallas en un encuentro inédito entre las selecciones (sub-20) de El Salvador y Panamá, que antes tuvieron que vencer a Tigres y Monterrey, respectivamente.

Fue un juego tan peculiar que la historia merece ser contada casi a partir del final: El 3-1 de Panamá poco después del minuto 80 fue determinante porque sentenció prácticamente la derrota de El Salvador, pero también alteró el buen nivel anímico en las tribunas del estadio Toyota.

Hoy Dallas en Tik Tok 

El partido estelar de la jornada (y que marcó el cierre de la tradicional competencia que data de 1980) hubiese podido concluir en una nota completamente digna de un torneo juvenil, de haber optado, el jugador panameño por celebrar con los suyos en vez de elegir la burla ante la porra contraria; pero "el hubiera" no existe y el futbol volvió a demostrar que es mucho más que un simple juego de pelota.

El conjunto panameño se mostró más ordenado dentro de la cancha y superó a El Salvador de principio a fin a pesar de que no fue un partido fácil.

El marcador le favoreció desde el inicio a la escuadra canalera que cerró la primera mitad con un 2-0 (Omar Valencia marcó al 16 y Rodolfo Vega al 29). Y aun así, las grandes esperanzas de la abultada porra "Bichos Unidos" (que volvió a ocupar la esquina derecha del estadio como lo hizo el viernes en la semifinal contra Tigres) parecían no decaer.

En la seguna parte, un tiro penal cobrado por El Salvador (al 66 por Harold Osorio) redujo la ventaja en el marcador 2-1 y el panorama parecía mejorar para los cuzcatlecos. Pero los minutos transcurrieron sin otra modificación a favor y a pesar de la estridencia de los tambores en las tribunas y los cánticos de apoyo, el ánimo decayó en un abrir y cerrar de ojos cuando en un descuido la desventaja volvió a crecer: Kenny Bonilla en el minuto 82 anotó el que sería el gol definitivo.

Los aficionados del equipo contrario casi de inmediato lanzaron una serie de proyectiles hacia la cancha (botellas de agua y de cerveza, principalmente). Desde el ventanal de los palcos no se apreció por completo el porqué de una reacción tan agresiva desde las tribunas, pero en seguida se entendió que la alegría del autor del gol canalero no fue canalizada, valga la redundancia, de forma óptima.

Lo ideal hubiese sido que se parara a brindarles el gol "del triunfo" (prácticamente) al nutrido grupo de compatriotas que vestidos de rojo apoyaban a Panamá casi justo detrás de su banca. Por el contrario, la decisión de ir ante la porra salvadoreña y hacerles la seña de "que se callaran" produjo quizá el momento más agitado del encuentro... fuera del terreno de juego.

El mal sabor de boca generó un retraso de por lo menos un par de minutos del partido que ya estaba en el tramo final, una "festejo" que trastocó los ánimos y deterioró el ritmo del poco futbol que restaba.

La esperanza de una remontada milagrosa se esfumó por completo cuando en el minuto 90 un fuerte empellón en el área de tiro de esquina lanzó al suelo a un panameño: la porra de El Salvador retomó con más fuerza cánticos subidos de tono y el árbitro ya no quiso saber nada más.

Fin.

Fue un juego tan peculiar que la historia merece ser contada casi a partir del final: El 3-1 de Panamá poco después del minuto 80 fue determinante porque sentenció prácticamente la derrota de El Salvador, pero también alteró el buen nivel anímico en las tribunas del estadio Toyota.

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El partido estelar de la jornada (y que marcó el cierre de la tradicional competencia que data de 1980) hubiese podido concluir en una nota completamente digna de un torneo juvenil, de haber optado, el jugador panameño por celebrar con los suyos en vez de elegir la burla ante la porra contraria; pero "el hubiera" no existe y el futbol volvió a demostrar que es mucho más que un simple juego de pelota.

El conjunto panameño se mostró más ordenado dentro de la cancha y superó a El Salvador de principio a fin a pesar de que no fue un partido fácil.

El marcador le favoreció desde el inicio a la escuadra canalera que cerró la primera mitad con un 2-0 (Omar Valencia marcó al 16 y Rodolfo Vega al 29). Y aun así, las grandes esperanzas de la abultada porra "Bichos Unidos" (que volvió a ocupar la esquina derecha del estadio como lo hizo el viernes en la semifinal contra Tigres) parecían no decaer.

En la seguna parte, un tiro penal cobrado por El Salvador (al 66 por Harold Osorio) redujo la ventaja en el marcador 2-1 y el panorama parecía mejorar para los cuzcatlecos. Pero los minutos transcurrieron sin otra modificación a favor y a pesar de la estridencia de los tambores en las tribunas y los cánticos de apoyo, el ánimo decayó en un abrir y cerrar de ojos cuando en un descuido la desventaja volvió a crecer: Kenny Bonilla en el minuto 82 anotó el que sería el gol definitivo.

Los aficionados del equipo contrario casi de inmediato lanzaron una serie de proyectiles hacia la cancha (botellas de agua y de cerveza, principalmente). Desde el ventanal de los palcos no se apreció por completo el porqué de una reacción tan agresiva desde las tribunas, pero en seguida se entendió que la alegría del autor del gol canalero no fue canalizada, valga la redundancia, de forma óptima.

Lo ideal hubiese sido que se parara a brindarles el gol "del triunfo" (prácticamente) al nutrido grupo de compatriotas que vestidos de rojo apoyaban a Panamá casi justo detrás de su banca. Por el contrario, la decisión de ir ante la porra salvadoreña y hacerles la seña de "que se callaran" produjo quizá el momento más agitado del encuentro... fuera del terreno de juego.

El mal sabor de boca generó un retraso de por lo menos un par de minutos del partido que ya estaba en el tramo final, una "festejo" que trastocó los ánimos y deterioró el ritmo del poco futbol que restaba.

La esperanza de una remontada milagrosa se esfumó por completo cuando en el minuto 90 un fuerte empellón en el área de tiro de esquina lanzó al suelo a un panameño: la porra de El Salvador retomó con más fuerza cánticos subidos de tono y el árbitro ya no quiso saber nada más.

Fin.