Obama aún puede perdonar a indocumentados y no terminar sólo como "Deportador en jefe"

El presidente Barack Obama está a punto de concluir su segundo término en la Casa Blanca y también a punto de convertirse en el jefe del ejecutivo con más deportaciones que ningún otro en la historia de Estados Unidos. Un legado que pudo haber aligerado con las acciones de alivio migratorio DAPA y DACA que emitió mas no pudo sostener, debido a la reciente decisión de la Corte Suprema, que en junio optó por dejarlas en un limbo, sin una salida para su implementación.

El presidente Obama, no obstante, todavía puede actuar para "traerle humanidad y justicia a un sistema de inmigración notoriamente falto de ambas", escribió recientemente en una columna de opinión Peter L. Markowitz en el New York Times. "Lo puede hacer al usar el poder que la Constitución le otorga a él - y solamente a él - el de perdonar a individuos por ofensas contra los Estados Unidos, detalla al inicio de su escrito el especialista.

Markowitz, un profesor de la Escuela de Leyes Benjamin N. Cardozo, sostiene que independientemente de las trabas impuestas a las acciones ejecutivas de Obama para frenar deportaciones y otorgar permisos de trabajo bajo los programas DAPA y DACA ampliado, existe un área, en donde su capacidad unilateral como presidente para abrogar el castigo es indiscutible y se apoya en un precedente de más de cien años en la Corte Suprema: el poder del perdón.

El perdón presidencial es irrevocable, señala Markowitz. Tales perdones han sido usados por los presidentes George Washington, Thomas Jefferson, James Madison, Abraham Lincoln y Andrew Johnson. En épocas más recientes, Jimmy Carter emitió un perdón para alrededor de medio millón de hombres que habían violado las leyes del servicio selectivo del Ejército para evitar servir en Vietnam.

Los perdones nunca se han usado en casos de violaciones civiles de inmigración, sin embargo, la Constitución extiende el poder a todas "las ofensas contra los Estados Unidos, las cuales pueden ser interpretadas de manera más amplia y no solo como ofensas criminales, explica el catedrático.

Un perdón, dice Markowitz, no lograría nada de las aspiraciones del programa de deportación diferida - por ejemplo, no podría otorgar permisos de trabajo. Aún así, tiene una cierta "elegancia operacional" que podía evitar muchas de las batallas políticas en torno al programa de acción diferida. No se necesitaría un proceso de solicitud. Un perdón entra en efecto en cuanto lo emite un presidente. Con menos de 300 palabras y una firma, el perdón del presidente Carter entró en efecto en su primer día como primer mandatario del país.

El Congreso, además, bajo la Constitución, "no puede interferir de ninguna manera con el poder del perdón del presidente". Si las agencias de control de inmigración o cualquier futura administración no respetara el perdón, los beneficiarios individuales podrían usarlo como un escudo para cualquier procedimiento de deportación subsecuente, señala Markowitz.

El profesor opina que Obama tiene tiempo de sobra para emitir dicho perdón. Hay precedentes históricos sólidos para que lo haga. Y aunque podría traer retos legales, los oponentes no podrían usar el sistema legal para simplemente hacer correr el reloj, como lo han hecho con el programa de deportación diferida. Incluso, una acción diferida podría ser abolida por un presidente Trump. Los perdones incondicionales, en contraste, son irrevocables.

Los perdones no alteran la ley. Solamente protegen a ciertos infractores pasados de ser castigados o perseguidos, pero dejan la ley sin cambio para ser aplicada a futuros violadores.

Obama ha deportado a cerca de 2.5 millones de personas. Casi la misma cantidad que fueron deportadas en todo el siglo XX. La supuesta estrategia era la de demostrar su buena fe para aplicar la ley y persuadir a los republicanos de colaborar con él en inmigración. Pero resulta que no se convence a la gente de ser más humana en inmigración al deportar a inmigrantes primero, señala Markowitz.

El brutal legado de millones de familias separadas pesa sobre los hombros de Obama, quien no será juzgado por sus intenciones o intentos en inmigración, sino por su impacto real. Markowitz concluye que es su última oportunidad para establecer un legado de compasión pragmática.

 

El presidente Obama, no obstante, todavía puede actuar para "traerle humanidad y justicia a un sistema de inmigración notoriamente falto de ambas", escribió recientemente en una columna de opinión Peter L. Markowitz en el New York Times. "Lo puede hacer al usar el poder que la Constitución le otorga a él - y solamente a él - el de perdonar a individuos por ofensas contra los Estados Unidos, detalla al inicio de su escrito el especialista.

Markowitz, un profesor de la Escuela de Leyes Benjamin N. Cardozo, sostiene que independientemente de las trabas impuestas a las acciones ejecutivas de Obama para frenar deportaciones y otorgar permisos de trabajo bajo los programas DAPA y DACA ampliado, existe un área, en donde su capacidad unilateral como presidente para abrogar el castigo es indiscutible y se apoya en un precedente de más de cien años en la Corte Suprema: el poder del perdón.

El perdón presidencial es irrevocable, señala Markowitz. Tales perdones han sido usados por los presidentes George Washington, Thomas Jefferson, James Madison, Abraham Lincoln y Andrew Johnson. En épocas más recientes, Jimmy Carter emitió un perdón para alrededor de medio millón de hombres que habían violado las leyes del servicio selectivo del Ejército para evitar servir en Vietnam.

Los perdones nunca se han usado en casos de violaciones civiles de inmigración, sin embargo, la Constitución extiende el poder a todas "las ofensas contra los Estados Unidos, las cuales pueden ser interpretadas de manera más amplia y no solo como ofensas criminales, explica el catedrático.

Un perdón, dice Markowitz, no lograría nada de las aspiraciones del programa de deportación diferida - por ejemplo, no podría otorgar permisos de trabajo. Aún así, tiene una cierta "elegancia operacional" que podía evitar muchas de las batallas políticas en torno al programa de acción diferida. No se necesitaría un proceso de solicitud. Un perdón entra en efecto en cuanto lo emite un presidente. Con menos de 300 palabras y una firma, el perdón del presidente Carter entró en efecto en su primer día como primer mandatario del país.

El Congreso, además, bajo la Constitución, "no puede interferir de ninguna manera con el poder del perdón del presidente". Si las agencias de control de inmigración o cualquier futura administración no respetara el perdón, los beneficiarios individuales podrían usarlo como un escudo para cualquier procedimiento de deportación subsecuente, señala Markowitz.

El profesor opina que Obama tiene tiempo de sobra para emitir dicho perdón. Hay precedentes históricos sólidos para que lo haga. Y aunque podría traer retos legales, los oponentes no podrían usar el sistema legal para simplemente hacer correr el reloj, como lo han hecho con el programa de deportación diferida. Incluso, una acción diferida podría ser abolida por un presidente Trump. Los perdones incondicionales, en contraste, son irrevocables.

Los perdones no alteran la ley. Solamente protegen a ciertos infractores pasados de ser castigados o perseguidos, pero dejan la ley sin cambio para ser aplicada a futuros violadores.

Obama ha deportado a cerca de 2.5 millones de personas. Casi la misma cantidad que fueron deportadas en todo el siglo XX. La supuesta estrategia era la de demostrar su buena fe para aplicar la ley y persuadir a los republicanos de colaborar con él en inmigración. Pero resulta que no se convence a la gente de ser más humana en inmigración al deportar a inmigrantes primero, señala Markowitz.

El brutal legado de millones de familias separadas pesa sobre los hombros de Obama, quien no será juzgado por sus intenciones o intentos en inmigración, sino por su impacto real. Markowitz concluye que es su última oportunidad para establecer un legado de compasión pragmática.