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Opinión: Un año de deuda en inmigración de la administración de Joe Biden

Joe Biden llega a su primer año en la presidencia no precisamente con las manos vacías, pero sí con muchas expectativas bastante desdibujadas, sobre todo en el ámbito migratorio. Después de arribar a la Casa Blanca tras un angustiante periodo de amenaza contra la democracia estadounidense por parte del gobierno anterior, sus promesas hacia los inmigrantes indocumentados tienen ahora un literal sabor a nada.

En efecto, nada concreto se tiene en este 2022 que pueda hacer revivir en lo inmediato la enorme esperanza de facilitar el camino hacia la ciudadanía de esos 11 millones de seres humanos que consideraban con devoción que, ahora sí, las cosas para ellos y sus familias cambiarían para bien. De tal modo que día con día continuaban contribuyendo con su trabajo y aportaciones –como lo hacen hasta el día de hoy, por supuesto– al país en el que han vivido durante décadas, mientras escuchaban en tiempos de campaña cómo se les tomaba en cuenta en discursos y debates con un lenguaje profundamente incluyente.

Sin embargo, las circunstancias políticas, la realidad migratoria y las conveniencias electorales de algunos actores políticos durante 2021 –tanto demócratas como republicanos– hicieron cambiar prioridades en forma más que brusca, afectando los planes que se tenían para sacar de las sombras a millones de indocumentados. También, muchos en el país se enteraban, por primera vez, de la existencia de una Parlamentaria, o asesora jurídica del Senado, que literalmente podía decidir sobre la suerte de millones de personas. Sus tres veces NO estremecieron las estructuras tangibles e intangibles de toda una esperanza.

De acuerdo, todo eso y más ha ocurrido en este primer año de la presidencia demócrata de Joe Biden, que por otra parte se desarrolló en el contexto de una crisis de salud pública ocasionada por la pandemia de Covid-19. Pero el momento histórico que vive Estados Unidos requiere no solamente reconocer que, en efecto, los más perjudicados han sido los inmigrantes indocumentados y sus familias, sino cómo la parte que les prometió tanto va a manejar la situación para cumplirles este año que comienza.

Porque no se trata de utilizar como bandera a un grupo de seres humanos para llegar al poder y después dejarlos tirados en el camino como si no pasara nada. No sólo no sería justo, sino que sería moralmente inaceptable. Y en términos políticos el panorama se tornaría aún más complicado para los demócratas.

Es precisamente ahí donde la inteligencia política debe pulir toda estrategia, no solo para demostrar que persiste el compromiso para con los indocumentados, sino para comprobar que el Siglo XXI estadounidense merece reivindicar su carácter plural y diverso ante una realidad migratoria que ya no se puede soslayar, sino a riesgo de perder más de lo que se ha ganado desde la lucha por los derechos civiles.

Así, la absurda idea que propaga el ala más conservadora del Trumpismo del “reemplazo étnico” de los blancos por parte de las minorías de color es otro de los escollos con los que tiene que lidiar este y los años por venir la actual Casa Blanca; lo cual, en lugar de complicar la lucha contra el racismo, debería ser un elemento clave para elaborar nuevas estrategias, a fin de defender la agenda pro inmigrante hasta sus últimas consecuencias. Pero esta vez ya no con palabras, sino con pasos concretos.

Es decir, si los demócratas en este año de comicios intermedios van a volver a utilizar el tema migratorio como escudo electoral, más les valdría no hacer nuevas y huecas promesas, sino primero cumplir las que ya hicieron, para que su nivel de credibilidad entre las minorías y sus familias vuelva a subir. Esto es, de lo que se trata ahora es de que reconozcan que el electorado que tiene lazos indisolubles con el tema migratorio, sobre todo por cuestiones familiares, ha madurado políticamente y no se puede jugar con él de manera fácil ni impune.

Ya no se trata, en conclusión, de que se diga utópicamente “este es el año” de la reforma migratoria, tal como se aseguró durante todo 2021, sino de decir con los pies en la tierra que “2022 es el año de los inmigrantes y sus familias”. Porque de su beneficio o perjuicio por parte de la clase política estadounidense dependerá en gran medida el que un determinado partido siga siendo una opción política o no, ya sea republicano o demócrata.

Son muchos los temores al fracaso político, pero por encima de todos debe tomarse en cuenta la amenaza del ascenso y retorno al poder de esa agenda xenófoba y racista que durante cuatro años puso en peligro la democracia de esta nación.

En efecto, nada concreto se tiene en este 2022 que pueda hacer revivir en lo inmediato la enorme esperanza de facilitar el camino hacia la ciudadanía de esos 11 millones de seres humanos que consideraban con devoción que, ahora sí, las cosas para ellos y sus familias cambiarían para bien. De tal modo que día con día continuaban contribuyendo con su trabajo y aportaciones –como lo hacen hasta el día de hoy, por supuesto– al país en el que han vivido durante décadas, mientras escuchaban en tiempos de campaña cómo se les tomaba en cuenta en discursos y debates con un lenguaje profundamente incluyente.

Sin embargo, las circunstancias políticas, la realidad migratoria y las conveniencias electorales de algunos actores políticos durante 2021 –tanto demócratas como republicanos– hicieron cambiar prioridades en forma más que brusca, afectando los planes que se tenían para sacar de las sombras a millones de indocumentados. También, muchos en el país se enteraban, por primera vez, de la existencia de una Parlamentaria, o asesora jurídica del Senado, que literalmente podía decidir sobre la suerte de millones de personas. Sus tres veces NO estremecieron las estructuras tangibles e intangibles de toda una esperanza.

De acuerdo, todo eso y más ha ocurrido en este primer año de la presidencia demócrata de Joe Biden, que por otra parte se desarrolló en el contexto de una crisis de salud pública ocasionada por la pandemia de Covid-19. Pero el momento histórico que vive Estados Unidos requiere no solamente reconocer que, en efecto, los más perjudicados han sido los inmigrantes indocumentados y sus familias, sino cómo la parte que les prometió tanto va a manejar la situación para cumplirles este año que comienza.

Porque no se trata de utilizar como bandera a un grupo de seres humanos para llegar al poder y después dejarlos tirados en el camino como si no pasara nada. No sólo no sería justo, sino que sería moralmente inaceptable. Y en términos políticos el panorama se tornaría aún más complicado para los demócratas.

Es precisamente ahí donde la inteligencia política debe pulir toda estrategia, no solo para demostrar que persiste el compromiso para con los indocumentados, sino para comprobar que el Siglo XXI estadounidense merece reivindicar su carácter plural y diverso ante una realidad migratoria que ya no se puede soslayar, sino a riesgo de perder más de lo que se ha ganado desde la lucha por los derechos civiles.

Así, la absurda idea que propaga el ala más conservadora del Trumpismo del “reemplazo étnico” de los blancos por parte de las minorías de color es otro de los escollos con los que tiene que lidiar este y los años por venir la actual Casa Blanca; lo cual, en lugar de complicar la lucha contra el racismo, debería ser un elemento clave para elaborar nuevas estrategias, a fin de defender la agenda pro inmigrante hasta sus últimas consecuencias. Pero esta vez ya no con palabras, sino con pasos concretos.

Es decir, si los demócratas en este año de comicios intermedios van a volver a utilizar el tema migratorio como escudo electoral, más les valdría no hacer nuevas y huecas promesas, sino primero cumplir las que ya hicieron, para que su nivel de credibilidad entre las minorías y sus familias vuelva a subir. Esto es, de lo que se trata ahora es de que reconozcan que el electorado que tiene lazos indisolubles con el tema migratorio, sobre todo por cuestiones familiares, ha madurado políticamente y no se puede jugar con él de manera fácil ni impune.

Ya no se trata, en conclusión, de que se diga utópicamente “este es el año” de la reforma migratoria, tal como se aseguró durante todo 2021, sino de decir con los pies en la tierra que “2022 es el año de los inmigrantes y sus familias”. Porque de su beneficio o perjuicio por parte de la clase política estadounidense dependerá en gran medida el que un determinado partido siga siendo una opción política o no, ya sea republicano o demócrata.

Son muchos los temores al fracaso político, pero por encima de todos debe tomarse en cuenta la amenaza del ascenso y retorno al poder de esa agenda xenófoba y racista que durante cuatro años puso en peligro la democracia de esta nación.