ANN ARBOR, Michigan -- ¿Qué pasaría si, en lugar de avergonzar a las personas por sus adicciones, aceptamos la idea de que todos somos adictos?
Esa es la pregunta que se hizo Elizabeth Roberts, etnógrafa médica de la Universidad de Michigan, tras pasar años viviendo en colonias populares de la Ciudad de México. Allí, sus vecinos se declaran adictos a diversas sustancias o actividades —como el alcohol, los refrescos, las drogas o las compras— y, mientras esa adicción los mantuviera unidos, la atesoraban. Sin embargo, si una sustancia llevaba a una persona al aislamiento, consideraban que había caído en un vicio perjudicial, no en una adicción.
Roberts dedicó años a examinar esta diferencia entre adicción y vicio en el contexto de sus propias luchas contra el trastorno por atracón, así como de la batalla de su hermana contra el alcoholismo en Estados Unidos. Señala que esta distinción podría servir como una herramienta alternativa de reducción de daños que evita estigmatizar a las personas con adicciones y que, de hecho, podría ayudarlas a sobrevivir.
¿Qué la llevó a pensar en la adicción de esta manera?
Soy antropóloga médica y, durante casi los últimos 15 años, he colaborado con cohortes de nacimiento enfocadas en salud ambiental en la Ciudad de México. Una de ellas, llamada ELEMENT, tiene su sede aquí, en la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Michigan, y lleva más de 30 años en marcha.
Los científicos de la salud ambiental suelen utilizar encuestas y recolectar datos de biomarcadores para comprender el impacto de una sola sustancia química, como el plomo, en la salud o en el desarrollo de las personas. En 2013, me acerqué al equipo de ELEMENT y les propuse: "¿Qué tal si realizo un trabajo etnográfico en estas comunidades donde viven muchos de los participantes? ¿Qué tal si me mudo allí y me adentro en su vida cotidiana?". Así, entre 2014 y 2015, viví en dos sectores que pueden definirse como colonias populares.
Ahí, la gente me decía constantemente que era adicta al plomo, lo cual resultaba extraño. También empecé a notar que hablaban de la adicción todo el tiempo y de formas muy distintas a las que yo estaba acostumbrada en Estados Unidos. Me decían que todo el mundo es adicto a algo. Exploro esa relación, aparentemente extraña, con la adicción en mi libro In Praise of Addiction: Or How We Can Learn to Love Dependency in a Damaged World (En elogio de la adicción: o cómo podemos aprender a amar la dependencia en un mundo dañado).
¿Cómo hablaban sobre la adicción?
Uno de los hallazgos principales del estudio de salud ambiental es que la fuente primaria de exposición al plomo en la Ciudad de México proviene de las vajillas de barro vidriado. Si alguna vez ha visitado México o un restaurante mexicano y ha visto estas vasijas de barro brillante, es muy probable que tengan un esmalte con plomo.
Sin embargo, para muchas personas, la experiencia era que el plomo también le daba un toque más dulce a los alimentos. Decían que los frijoles sabían más dulces y que la comida tenía mejor sabor. Afirmaban ser adictas al plomo, que les encantaban esos recipientes, que les tenían devoción y que no podían dejar de usarlos, a pesar de que los investigadores del estudio les indicaban que los dejaran. Hablaban de esta adicción de una forma victoriosa y festiva. Me di cuenta de que también se expresaban de manera positiva sobre la adicción a otras sustancias que solemos considerar nocivas, como el alcohol, los refrescos y las drogas.
¿Puede comparar el concepto de adicción en la Ciudad de México con el de Estados Unidos?
En una de las casas donde vivía y trabajaba, Clemente, el patriarca de una familia de cuatro generaciones, tocó a mi ventana una mañana para pedirme un trago de alcohol. Fue una experiencia muy desconcertante. Corrí por el patio hacia la casa de su hijo y me abrió su nieta. Le dije: "Tu abuelo me está pidiendo alcohol y son las siete de la mañana, ¿qué está pasando?". Y su madre respondió: "Ah, solo dale un trago".
Más tarde ese mismo día, su esposa, quien era la dueña de la casa que yo rentaba, me dijo que Clemente tenía un vicio. Me explicó que todos somos adictos o alcohólicos, pero que él tenía un vicio. Le pregunté qué debía hacer si Clemente volvía a pedirme alcohol y me dijo que simplemente le diera un trago. Pensé: "¿En qué planeta esto está bien?". Pero lo que me estaba enseñando era que existía una diferencia clara entre la adicción y el vicio.
Con el tiempo, empecé a notar que esta distinción era muy común y que la adicción se consideraba algo digno de celebrarse porque mantenía unida a la gente; de hecho, es el elemento más importante en estas comunidades de la Ciudad de México. Lo que te vincula con los demás es lo que se busca seguir fomentando, incluso si, desde nuestro punto de vista, es algo que podría perjudicar la salud individual. La salud individual pasa a segundo término frente a lo que une a la comunidad, mientras que cualquier cosa que te aísle, sin importar lo que sea, se considera un vicio.
El alcohol mantenía unida a la mayor parte de la familia de mi arrendadora, por lo que era una adicción. Sin embargo, para Clemente, el alcohol era un vicio porque, cuando bebía, se aislaba. Para su familia, el problema no era su consumo de alcohol, sino su aislamiento.
¿Existían adicciones que nosotros consideraríamos destructivas bajo los estándares de Estados Unidos?
Uno de los aspectos centrales que describo en mi libro es que la gente de ahí no patologiza la adicción ni la dependencia. Su premisa fundamental es que todos deberíamos intentar cultivar tantas dependencias como sea posible. De modo que, si eres dependiente del alcohol y eso te conecta con los demás, es algo positivo.
En Estados Unidos, por el contrario, estamos convencidos de que la dependencia en general es patológica, que debemos madurar y volvernos independientes. Necesitamos ser individuos. Cuando dependemos de una sustancia, damos por sentado que está mal. Esto desencadena una serie de juicios que se vuelven letales en Estados Unidos, porque terminamos más aislados.
¿Cómo sería un mejor enfoque?
Relaciono mi respuesta con el movimiento de reducción de daños, el cual busca prevenir los perjuicios del consumo de sustancias. En Estados Unidos, gran parte del daño no proviene solo de la sustancia, sino de la Guerra contra las Drogas, la criminalización y la estigmatización de las personas por sus dependencias, lo cual, en el caso de opioides, conduce al aislamiento y a la muerte por sobredosis.
Un mejor enfoque consistiría en despenalizar las drogas y, al mismo tiempo, examinar nuestro apego a la independencia. ¿Podríamos empezar a celebrar lo que nos une en lugar de avergonzar a los demás y a nosotros mismos por nuestras adicciones?
Escrito por Morgan Sherburne y adaptado al español por Juan Ochoa, ambos de Michigan News.
Esa es la pregunta que se hizo Elizabeth Roberts, etnógrafa médica de la Universidad de Michigan, tras pasar años viviendo en colonias populares de la Ciudad de México. Allí, sus vecinos se declaran adictos a diversas sustancias o actividades —como el alcohol, los refrescos, las drogas o las compras— y, mientras esa adicción los mantuviera unidos, la atesoraban. Sin embargo, si una sustancia llevaba a una persona al aislamiento, consideraban que había caído en un vicio perjudicial, no en una adicción.
Roberts dedicó años a examinar esta diferencia entre adicción y vicio en el contexto de sus propias luchas contra el trastorno por atracón, así como de la batalla de su hermana contra el alcoholismo en Estados Unidos. Señala que esta distinción podría servir como una herramienta alternativa de reducción de daños que evita estigmatizar a las personas con adicciones y que, de hecho, podría ayudarlas a sobrevivir.
¿Qué la llevó a pensar en la adicción de esta manera?
Soy antropóloga médica y, durante casi los últimos 15 años, he colaborado con cohortes de nacimiento enfocadas en salud ambiental en la Ciudad de México. Una de ellas, llamada ELEMENT, tiene su sede aquí, en la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Michigan, y lleva más de 30 años en marcha.
Los científicos de la salud ambiental suelen utilizar encuestas y recolectar datos de biomarcadores para comprender el impacto de una sola sustancia química, como el plomo, en la salud o en el desarrollo de las personas. En 2013, me acerqué al equipo de ELEMENT y les propuse: "¿Qué tal si realizo un trabajo etnográfico en estas comunidades donde viven muchos de los participantes? ¿Qué tal si me mudo allí y me adentro en su vida cotidiana?". Así, entre 2014 y 2015, viví en dos sectores que pueden definirse como colonias populares.
Ahí, la gente me decía constantemente que era adicta al plomo, lo cual resultaba extraño. También empecé a notar que hablaban de la adicción todo el tiempo y de formas muy distintas a las que yo estaba acostumbrada en Estados Unidos. Me decían que todo el mundo es adicto a algo. Exploro esa relación, aparentemente extraña, con la adicción en mi libro In Praise of Addiction: Or How We Can Learn to Love Dependency in a Damaged World (En elogio de la adicción: o cómo podemos aprender a amar la dependencia en un mundo dañado).
¿Cómo hablaban sobre la adicción?
Uno de los hallazgos principales del estudio de salud ambiental es que la fuente primaria de exposición al plomo en la Ciudad de México proviene de las vajillas de barro vidriado. Si alguna vez ha visitado México o un restaurante mexicano y ha visto estas vasijas de barro brillante, es muy probable que tengan un esmalte con plomo.
Sin embargo, para muchas personas, la experiencia era que el plomo también le daba un toque más dulce a los alimentos. Decían que los frijoles sabían más dulces y que la comida tenía mejor sabor. Afirmaban ser adictas al plomo, que les encantaban esos recipientes, que les tenían devoción y que no podían dejar de usarlos, a pesar de que los investigadores del estudio les indicaban que los dejaran. Hablaban de esta adicción de una forma victoriosa y festiva. Me di cuenta de que también se expresaban de manera positiva sobre la adicción a otras sustancias que solemos considerar nocivas, como el alcohol, los refrescos y las drogas.
¿Puede comparar el concepto de adicción en la Ciudad de México con el de Estados Unidos?
En una de las casas donde vivía y trabajaba, Clemente, el patriarca de una familia de cuatro generaciones, tocó a mi ventana una mañana para pedirme un trago de alcohol. Fue una experiencia muy desconcertante. Corrí por el patio hacia la casa de su hijo y me abrió su nieta. Le dije: "Tu abuelo me está pidiendo alcohol y son las siete de la mañana, ¿qué está pasando?". Y su madre respondió: "Ah, solo dale un trago".
Más tarde ese mismo día, su esposa, quien era la dueña de la casa que yo rentaba, me dijo que Clemente tenía un vicio. Me explicó que todos somos adictos o alcohólicos, pero que él tenía un vicio. Le pregunté qué debía hacer si Clemente volvía a pedirme alcohol y me dijo que simplemente le diera un trago. Pensé: "¿En qué planeta esto está bien?". Pero lo que me estaba enseñando era que existía una diferencia clara entre la adicción y el vicio.
Con el tiempo, empecé a notar que esta distinción era muy común y que la adicción se consideraba algo digno de celebrarse porque mantenía unida a la gente; de hecho, es el elemento más importante en estas comunidades de la Ciudad de México. Lo que te vincula con los demás es lo que se busca seguir fomentando, incluso si, desde nuestro punto de vista, es algo que podría perjudicar la salud individual. La salud individual pasa a segundo término frente a lo que une a la comunidad, mientras que cualquier cosa que te aísle, sin importar lo que sea, se considera un vicio.
El alcohol mantenía unida a la mayor parte de la familia de mi arrendadora, por lo que era una adicción. Sin embargo, para Clemente, el alcohol era un vicio porque, cuando bebía, se aislaba. Para su familia, el problema no era su consumo de alcohol, sino su aislamiento.
¿Existían adicciones que nosotros consideraríamos destructivas bajo los estándares de Estados Unidos?
Uno de los aspectos centrales que describo en mi libro es que la gente de ahí no patologiza la adicción ni la dependencia. Su premisa fundamental es que todos deberíamos intentar cultivar tantas dependencias como sea posible. De modo que, si eres dependiente del alcohol y eso te conecta con los demás, es algo positivo.
En Estados Unidos, por el contrario, estamos convencidos de que la dependencia en general es patológica, que debemos madurar y volvernos independientes. Necesitamos ser individuos. Cuando dependemos de una sustancia, damos por sentado que está mal. Esto desencadena una serie de juicios que se vuelven letales en Estados Unidos, porque terminamos más aislados.
¿Cómo sería un mejor enfoque?
Relaciono mi respuesta con el movimiento de reducción de daños, el cual busca prevenir los perjuicios del consumo de sustancias. En Estados Unidos, gran parte del daño no proviene solo de la sustancia, sino de la Guerra contra las Drogas, la criminalización y la estigmatización de las personas por sus dependencias, lo cual, en el caso de opioides, conduce al aislamiento y a la muerte por sobredosis.
Un mejor enfoque consistiría en despenalizar las drogas y, al mismo tiempo, examinar nuestro apego a la independencia. ¿Podríamos empezar a celebrar lo que nos une en lugar de avergonzar a los demás y a nosotros mismos por nuestras adicciones?
Escrito por Morgan Sherburne y adaptado al español por Juan Ochoa, ambos de Michigan News.